El Blog de los Sanfermines — Tus cinco minutos de San Fermín al día

MICRORRELATOS PRESENTADOS EN LA V EDICIÓN DEL CERTAMEN

25 de agosto de 2013 por rajauta

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LOS HILOS DE VENUS

 

Una estrella fugaz cruza de norte a sur el cielo sobre el parque Yamaguchi y Vera la ve brillar desde su cama de hierba. El alojamiento más barato de la ciudad, se alegra. Un poco más allá ronca panza arriba un maromo mugriento. Pide un deseo le diría su abuela ahora mismo si estuviera con ella en el descanso efímero antes del encierro. Se negaría al principio, solo son supersticiones de vieja. Pero la noche es larga cuando se duerme en soledad entre desconocidos y la carne tiembla de desesperanza, más si el cartero no llama dos veces para traer una misiva encendida y sellada en el País del Sol Naciente. Vera se concentra en la inmensidad del espacio celeste y se sumerge poco a poco en el pozo nocturno, buscando entre sus recuerdos la sensualidad de su primer baño desnuda en el Mediterráneo, el sabor del champán en los labios de aquel griego que conoció en Mikonos, la dulce delicia de una lengua extraña deletreándole la palabra clítoris en francés. Antes de caer en lo más profundo del sueño, los fuegos artificiales iluminan el cielo de Pamplona y Vera se queda enredada y extasiada en los hilos de Venus.

 

Jesús Jiménez Reinaldo

 

 

DESDE EL BALCÓN

 

Que sentiran esos mozos entre vallado y madera. Me pregunto ¿ algún día serán mías las veredas?. Se acerca el septimo encierro, los toros suben la cuesta, mis pocos años vividos se aferran a estas escenas ,se hacen parte de vivencias recorren rios mis venas. Me pregunto ¿algún día serán mías las veredas?.Escapo de la manada aunque no siento mis piernas entre el corral y la plaza yace una silla de ruedas.Desde el balcón me pregunto ¿serán mías las veredas?

 

Carlos Araya González

 

 

9 de Julio, San Fermín

 

Pamplona en fiestas, cinco horas caminando por las calles. Buscándola. Entre tanta ropa blanca y pañuelos rojos, solo era cuestión de encontrar su rostro. Toros, charangas, ca1imocho, guiris, adoquines, rifa benéfica, txosnas, barracas, churros, fuegos, verbenas. Demasiado tiempo para estar solo entre la multitud. No la encontré. Volví llorando a casa. La diversión estaba garantizada.

 

Pedro Pagés García

 

 

AMOR DE VERANO

 

Me enamoré de ella al principio del verano, en las fiestas de San Fermín. Me miraba a los ojos con una increíble expresión de admiración, de orgullo, de satisfacción ante lo que veía, mezclado todo ello con una gota de felicidad. Me miraba como si estuviera contemplando a un Dios griego, como si hubiera descubierto, ella y no otra, la belleza que hay en mí. En septiembre, con las primeras lluvias, todo se acabó. Tardé un tiempo en darme cuenta de que durante el verano no miraba mis ojos, sino los cristales de espejo de mis gafas de sol.

 

FELIX JAIME CORTÉS

 

 



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MICRORRELATOS PRESENTADOS EN LA V EDICIÓN DEL CERTAMEN

24 de agosto de 2013 por rajauta

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Marfil y Oro

 

El tórrido estío exhorta la somnolencia. Aletargado y ajado, recostado en la mecedora, evoco mi pasado. Y sueño con lo que fui, y con lo que anhelé haber vivido. Cultivé el noble arte de Santa Apolonia, con mano izquierda burlé las embestidas de la profesión, con garbo lanceé los retos del galeno, fluí por la Estafeta. Eso es lo que fui. Me instruí en el Arte de Cúchares, por naturales lidié morlacos en la Casa de la Misericordia, con honor bauticé un relumbrante baile de capa, vadeé el dintel de la gloria del albero. Eso es lo que anhelé haber vivido. Diestro ministerio del Diente, rosácea muceta, birrete de pitiminí, fraterno tinte rosado de un capote. Se agota el día y mi crepuscular corporeidad expira. Mi espíritu redimido salta al deífico ruedo eterno. Pronto hago el paseillo con los dioses de la Tauromaquia. Somos uno y mi alma es torera a perpetuidad.

 

Mario Utrilla Trinidad

 

 

Aitona, ¿cómo ganaste esta medalla?

 

Es una triste historia. Imagínate, junio, 1937. Yo, un sanferminero del “Muthiko”, en el frente de Bilbao. Aquellos serían mis primeros sanfermines fuera de Pamplona. Ese año, por la guerra, sólo se celebrarían los actos religiosos, pero me importaba poco. Un “casta” de mi categoría sólo necesitaba una bota de vino y un pasacalles de Turrillas para gozarla. Pero ¿cómo escapar? Apenas se podía asomar la cabeza sin que te sacudieran… un tiro? Mi cabeza adolescente se iluminó: si recibía un balazo me mandarían a casa. Sin pensarlo dos veces, cerré los ojos y salté de la trinchera enfilando hacia el enemigo a todo correr. No quería morir, ni se me ocurrió que podían matarme, sólo quería llegar a Pamplona aunque fuera con un agujero nuevo. Pero todo salió mal. Los rojos pensaron que desertaba y dejaron de disparar. Viendo que no tiraban empecé a insultarles enarbolando el fusil sobre mi cabeza como garrote de troglodita sin conseguir que abrieran fuego. Mi capitán, creyendo que sufría un ataque de coraje y viendo que ganaba metros ante un enemigo inactivo, ordenó avanzar a toda la compañía a bayoneta calada. Fue un desastre: me perdí los sanfermines, tomamos Bilbao y, para colmo, me condecoraron. ¡Un desastre!

 

Jesús Resano Apezarena

 

 

Entre vasos.

 

Apoyado en un bordillo, sucio y abandonado. A mi alrededor, tan solo la compañía de algunos vasos de plástico. Mentiría si dijese que esperaba este final, pero si algo tengo claro, es que por nada cambiaría lo vivido. Aún recuerdo el chupinazo… Yo me aferraba a su muñeca para no perdernos entre el gentío. Después, la emoción del cohete y el casi inaudible “¡Pamploneses, viva San Fermín, gora San Fermín!”, bajo un baño de vino y champán. Y recuerdo también cómo me abalancé sobre su cuello, para fundirnos en un largo abrazo. Luego, ocho jornadas inolvidables. Paseábamos por el día, disfrutábamos por la noche, comíamos en la Estafeta, bebíamos en Santo Domingo, saltábamos en la plaza de toros, y bailábamos en la del Castillo. Siempre juntos, como si fuéramos uno. Todo era perfecto, hasta que llegó el último día. “¡Pobre de mí!”, se lamentaban todos, como un presagio de la tristeza que yo iba a sentir. Quizás fue un despiste o, sencillamente, que ya se había cansado de mí. Solo sé que abandoné su cuello, para nunca más volver a verle. Ahora soy tan solo un manchado pañuelo rojo, esperando ser recogido por la escoba de algún barrendero. Pero por nada cambiaría lo vivido.

 

Jorge Carcedo Moldón

 

 



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MICRORRELATOS PRESENTADOS EN LA V EDICIÓN DEL CERTAMEN

23 de agosto de 2013 por rajauta

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HERMOSA HERENCIA

 

Desde el cielo, al lado de San Fermín tengo que ver hoy el encierro, pero por favor, decidle a ese mozo que ocupa mi lugar, que lo deje libre, ese sitio siempre ha sido el mío y aunque este año no esté físicamente, mi alma y mi cuerpo siguen ahí en primera fila para ver correr a los mozos. Que nadie ocupe mi lugar, me lo gané a pulso durante más de setenta años y ahora no quiero que nadie me sustituya, pero… a ver… no, ¿que estoy diciendo? No. Decidle que siga ahí el mozo que ocupa mi lugar es digno de estar en mi sitio, yo le inculqué el amor a esta fiesta , perdon, no lo había reconocido, sigue ahí Juanito, sigue ahí, mira el encierro con la misma pasión con que yo lo hice y ahora que ya no estoy entre los terrenales tu, mi querido nieto Juanito, eres el más digno sucesor de mi pasión. ¡Que hermosa herencia te he dejado! La mejor herencia que un abuelo puede dejar a su nieto es el amor por su tierra, sus costumbres y sus tradiciones, Sigue ahí Juanito que yo, al lado de San Fermín te doy mis bendiciones.

 

EMILIA BENEYTO MELIA

 

 

En el desierto, Sanfermín.

 

Hace días que mi hermano Youssef no quiere despertar. Unai, un médico sin fronteras de mi pueblo, no se separa de él. Por la noche, cuando la jaima está más fresca, Unai saca un pañuelo rojo y se lo ata al cuello. Luego nos cuenta historias sobre una fiesta de su tierra. Sé que llora por dentro cuando habla de una cosa llamada encierro. Aquí no hay toros, pero si mi hermano despierta, pienso aprender una rara canción que Unai y sus amigos cantaban en su pueblo, periódico en mano, antes de correr.

 

Juan Andrés Herrera Perdomo

 

 

Contrariedad

 

– Lo siento. De veras que lo siento. La atmósfera del autobús se había transformado. Habían pasado de la emoción contenida a la mayor de las desilusiones sin escala previa. Todos miraban al hombre que ocupaba el asiento del conductor. – Esto es una broma de mal gusto –dijo una chica. – No puedes hacernos esto. ¡Que son Sanfermines! –terció otra. – ¿Eres gilip… o qué te pasa? –sentenció un joven con pañuelico al cuello. – Oye, que yo no tengo la culpa. Tengo un problema, ¿sabes? Un silencio incómodo se apoderó del habitáculo. Un hombre de cuarenta años, ataviado con el uniforme de fiestas, marcó un número en su teléfono móvil. Aguardó unos instantes hasta que una telefonista con voz aguda respondió al otro lado: – Autobuses García, ¿en qué puedo ayudarle? – Buenas, quería poner una queja acerca del autobús de línea Bilbao-Pamplona. – ¿Algún problema con el aire acondicionado? – No. – ¿Los asientos no son cómodos? – Están bien, son mullidos. – Entonces, ¿qué sucede? El hombre tragó saliva y miró por su ventana. La silueta del Pilar se recortaba sobre el cielo de Zaragoza. – Sucede que nos han puesto un conductor disléxico al volante. Son ustedes francamente estúpidos.

 

Asier Rey Salas

 

 

Me tengo que subir al borde de una botella para ver pasar los toros

 

No piensen ustedes que bebo por puras circunstancias del devenir de mi edad, o porque no tengo tiempo suficiente para ejercer como periodista deportiva en las aureas pieles de mi amado Osasuna, o por ser testigo de los caldos más ingestos que me llevan a dar bulanetas por el planeta sin saber dónde vivo, con quién habito y de quién dependo. No,no lo piensen porque estamos en fiestas. Y en toda fiesta, que alguien beba es una casualidad que debemos ofrecer a nuestro patrón. San Fermín. No porque crea que beber tenga que ir acompañada de una ilusión de afectos compartidos. No, diría que tampoco. Aunque debo pensar. Me siento en un charco, muy cerca de la puerta del callejón. Advierto que hoy no he corrido. Estoy febril por los efluvios de la noche y por la tensión arterial que me deja el último beso de la noche. Nada más. Suena el chupinazo en mi retina como un flamear de pañuelos libres y recios. !Cómo no voy a respirar este amanecer con el discreto aroma a pólvora roja, humana, sabia¡ La botella en el suelo, vacía y una nota en su interior: “el año que viene vuelvo y punto”.

 

JOSE ANTONIO DÍAZ MORENO

 

 



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MICRORRELATOS PRESENTADOS EN LA V EDICIÓN DEL CERTAMEN

22 de agosto de 2013 por rajauta

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Ejecución

 

Karl apoya la espalda en las tablas y deja sobre la madera el sudor de la camisa. Tenía que llegar a la plaza. El cholo Arellano lo había dejado muy claro, nadie le perdía un alijo. Unos metros más atrás el colombiano Caracortada buscaba a Karl. De pronto el tumulto se movió como un trueno y Karl corrió calle abajo. De refilón descubrió al colombiano observándole friamente con sus grandes ojos de batracio. No vio como Caracortada saltaba y se mezclaba con los corredores. La manada se echaba encima y Karl corrió con pánico. Giró la cabeza y descubrió horrorizado al espigado colombiano apenas a un metro suyo. Recordó la faca de caracortada. Pasaba las horas jugando con ella. Corrió hasta perder el resuello hasta que de repente sintió un dolor inconmensurable en la espalda. Karl, súbdito noruego aclaró el telediario. Los labios de manzana de la locutora también pronunciaron el nombre del asesino de Karl, un toro sardo, alunarado y rebarbo. Playero.

 

FEDERICO MIGUEL MALDONADO BOLIVAR

 

 

Un año más…

 

El frío de la madrugada se nota en el vapor que flota, condensado, delante de todos nosotros. Los nervios, la tensión, se puede masticar y bastaría que alguien hiciera una tontería para que todo el grupo saltara como uno solo. Doscientos cuatro años me dan la suficiente experiencia para anticiparme a los problemas y, a pesar de que esta noche me he dado una vuelta por todo el recorrido del encierro, desde los corrales del Gas, hasta la Plaza, me gusta estar al tanto de los pequeños detalles. Junto a todos los ayudantes que van a estar vigilando el recorrido disfrazados de policías, barrenderos, sanitarios, volveré a hacer los encierros, protegiendo personalmente, a todos los corredores un año mas. Ya casi es la hora. Cada vez hay más luz, más ganas de que empiece el espectáculo. Veo que los pastores están listos y eso significa que dentro de nada el cohete saldrá hacia el cielo y su explosión dará la señal para que comience la fiesta. Miro a mí alrededor dentro del corral. Compruebo que todos los toros están en tensión y mis compañeros, los demás cabestros, también están preparados. Suena el estallido y las puertas se abren, toca trabajar protegiendo a los corredores.

 

Ricardo García Martínez

 

 

El primer paso

 

Sara era una chica soñadora. Le encantaba salir a pasear cuando llovía. Una tarde comenzó a llover y sin dudar un segundo salió a dar un paseo. Volvía a casa cuando se cruzó con un muchacho bastante apuesto. Se quedó embobada mirándolo incluso se dio la vuelta al pasar por su lado y advirtió que el también giró la cabeza para verla. Rápidamente volvió su mirada al frente con una sonrisa tonta. Jorge era un chico que amaba todo tipo de arte; la música, el teatro, la pintura… Una noche estrenaban una película y fue a verla. Cuando volvía se cruzó con una chica tremendamente empapada. No pudo de dejar de mirarla hasta que el diluvio y los árboles la camuflaron con el horizonte. Esa noche ambos soñaron que bajo ese aguacero se conocían y comenzaban una relación asombrosamente especial. Ahora, diez años más tarde, Sara vive con su familia en su casa ideal y Jorge disfruta con su esposa y su pequeña hija de cada exposición de arte. Pero tanto Sara como Jorge aún sueñan cada noche con aquel momento y se preguntan que hubiese pasado si alguno de los dos hubiera dado ese primer paso.

 

Daniel Garrido García

 

 



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MICRORRELATOS PRESENTADOS EN LA V EDICIÓN DEL CERTAMEN

21 de agosto de 2013 por rajauta

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TÚ Y YO JUSTO ANTES

 

Tú y yo justo antes Ese año estábamos tan ilusionados con la fiesta que, en vez de meternos en ella, decidimos contemplarla. En lugar de entrar en la ciudad, nos quedábamos cada tarde en una de las colinas de los alrededores y desde allí observábamos todo. Veíamos a la gente en las aceras, los puestos de comida y las bandas de música que recorrían las calles alegremente. Hasta nosotros llegaba el fragor de las voces y la melodía de los instrumentos, el bullicio de tantas personas festejando juntas. Había momentos en que no aguantábamos sentados y teníamos que levantarnos para dominar la emoción. Sentíamos el deseo de mezclarnos con los demás, de beber o bailar con ellos, era un impulso casi irresistible. Y lo mejor era pensar en el día siguiente, saber que volveríamos a encontrarnos los dos allí arriba, en ese sitio que está cerca de las cosas pero donde todavía no ocurren.

 

Ignacio Lloret

 

 

Querer escuchar

 

Camiseta impoluta, pañuelo rojo sobresaliendo del bolsillo del vaquero blanco y mapa en la mano. Un japonés veinteañero con mirada curiosa. Le di un codazo a mi amiga, se lo señalé y hacia él fuimos. Lo agarré del hombro y juntos fuimos a la plaza del Ayuntamiento. Nos hicimos un sitio y esperamos el txupinazo: alegría desbordante. Nuestro nuevo colega saltó como una cabra, nos abrazó, se empapó de cava, hizo posturas grotescas y, finalmente, se puso el pañuelico al cuello, de forma ceremoniosa, casi litúrgica. Pensé que ya era uno de los nuestros. En años sucesivos, coincidimos; no casualmente, sino como integrante de nuestra cuadrilla. Primero conocimos a la novia y, más tarde, a su hijo. Reconozco que lloré en nuestro último encuentro, cuando mi amigo me agradeció su inmersión en la Fiesta. Para él supuso el adalid para vivir más intensamente porque durante esos días sintió, por primera vez, el sonido que emanaba de su interior. Que no tiene nada que ver con oír, sino con desear descubrir y escuchar la emoción que cada uno poseemos. En una servilleta de papel escribió este haiku y me guiñó el ojo: “Todos oyen el jolgorio, el sabio lo escucha feliz.”

 

Nuntxi López Unanua

 

 

7 DE JULIO DE 1961

 

Apoyada en el balaustre del balcón, observo el último encierro del día, mientras tú, allá en tu otra tierra, te despides de la vida. También para ti es el último encierro. Yo apuro un sorbo de vino intentando ahogar tu ausencia y borrar el rastro que tus huellas dejaron en mi piel por San Fermín, pero las lágrimas emborronan la marea blanca y roja que se desborda en la calle y yo no consigo calmar a mi corazón atravesado por el asta de la indiferencia. Has muerto, pero tu muerte no matará la fiesta. Tampoco mi amor, enganche absurdo de amante olvidada que deseaste en Pamplona y que siempre te llamó Ernesto.

 

ISABEL GAMARRA GARCIA

 

 



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