Con boina

21 de diciembre de 2011 por Josemiguelerico

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La verdad es que a Chapu aquello le parecía sencillo. Iba consistir en entrar en la tienda, pedir lo que quería, probárselo y comprarlo. Nunca vio ninguna dificultad añadida en el asunto, más allá de que llevar una boina roja en Sanfermines no fuese la última moda. Además, el Aita la había llevado un montón de años.

De modo  que se fue a la plaza Consistorial y entró en un conocido comercio pidiendo una boina colorada (desconocemos si es lo mismo que una txapela, doctores tiene la iglesia).

Para hacer honor a sus ancestros guipuzcoanos, y como Aznárez llevaba varios años jubilado, Chapu quería una boina de Elósegui. De las de Tolosa, con su forro y su etiqueta. Así se lo explicó al dueño de la tienda bermellón. El vendedor, en vez de sacar el producto, comenzó a hacer preguntas:

-¿Eres dantzari?

-No

-Entonces serás gaitero.

-No tampoco.

-¿Txistulari?

-No, no soy músico.

-¿Entonces para qué quieres una roja con forro? no merece la pena.

Aunque a Chapu, le hubiese apetecido mentir al comerciante y decirle que era un requeté salido del túnel del tiempo o un mulillero en apuros, tanta pregunta empezó a intimidarlo y pronto se vio de nuevo en la calle Mercaderes, compuesto y sin boina.

Al día siguiente, espoleado tras contar la anécdota, se armó de valor y volvió a la tienda de la esquina. Allí le esperaba de nuevo el implacable comerciante de gorras y sombreros. Pero esta vez le acompañaba una amiga que no se creía semejante torpeza comercial.

-Hola, que quiero una boina de Elósegui roja.

-Pero si me dijiste que no eras músico, respondió el vendedor.

La amiga de Chapu, que ya se había cerciorado de la situación, zanjó el diálogo rápidamente.

-Pero le vas a vender la boina ¿sí o no?

Ante el ímpetu de una mujer navarra, el dependiente sacó una boina con forro y la talla exacta.

Puede que lo de la boina roja sea rizar el rizo del traje pamplonica, que las boinas de Elósegui fuesen las más caras de su especie, pero allí las tenía el comerciante entre su muestrario puestas a la venta y resistiéndose a venderlas. Cosas veredes amigo Sancho.


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Gertrude Stein

20 de diciembre de 2011 por joseba

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Paris principios de los años veinte.
En este ciudad había una comunidad de americanos, voluntariamente expatriados, relacionados con el mundo de la literatura, entre los que destacaban Scott Fitzgerald, John Dos Passos, William Faulkner, John Steinbeck, Ezra Pound y por supuesto nuestro buen amigo Ernest Hemingway.
Gertrude Stein, que era la más veterana del grupo, ejercía el papel de mentora de estos nuevos talentos y ella fue quien acuñó el nombre de ‘‘generación perdida’’ con el que se suele conocer a esta generación de escritores.
Además, su influjo no se limitaba tan solo a estos escritores noveles, sino que también se codeaba con pintores como Matisse entre otros y fue decisiva en el lanzamiento de la carrera de Picasso.

Si habéis visto la película ‘‘Medianoche en París’’ de Woody Allen os haréis una idea del tipo de personas que confluyeron en esa época en dicha ciudad.

El caso es que doña Gertrude estaba fascinada por la fiesta taurina y había visitado varias veces España, donde conoció a Rafael Gómez, El Gallo, y a su hermano el mítico Joselito. Aparte de esto, el matador Juan Belmonte era otro de los que formaban parte del círculo de asiduos en las tertulias que daba en su casa parisina.

Así pues, ejerciendo su papel de guía, le aconsejó a Hemingway que abandonase su trabajó de periodista (en esos momentos Ernest era corresponsal en el extranjero para el Toronto Star) y se dedicará definitivamente a la carrera de novelista.
De hecho le recomendó bajarse por nuestra ciudad para conocer la fiesta, especialmente los toros, despejar su mente y concentrase así en la tarea de escribir una novela.

Dicho y hecho, un día de julio de 1923 Ernest se vino con su primera mujer Elizabeth Hadley Richardson a Pamplona para conocer de primera mano aquello que le habían contado.
Lo que vió de la fiesta y los toros le gustó hasta el punto de convertirse en un visitante asiduo los siguientes años.
El consejo de Gertrude Stein parece que fue acertado, ya que en 1925 Hemingway escribió su novela ‘‘Fiesta’’ que publicaría al año siguiente, basándose en las experiencias vividas tanto en Paris como en Pamplona.

El resto ya es historia.


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Los sanfermines y las navidades – Sanferminak eta gabonak

19 de diciembre de 2011 por Gaupaseitor

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Este es mi último post del año, en estas fechas pre-navideñas, o sea que antes de entrar en esa dinámica de comprar regalos, comer como cutos y ponerse ñoño perdido, vamos a analizar las cosas en común que tienen los Sanfermines y las navidades.

Ya pasaron a la historia esos Sanfermines donde la mayoría de alimentos que tomabas eran líquidos, lo cual hacía que tu cuerpo adelgazase por todos los excesos de bebida y descuidada alimentación. Con la edad, los almuerzos, comidas, meriendas, e incluso los más valientes, cenas, se van acumulando, y hace que junto al alcohol, se cojan unos kilitos de más, que estropean nuestra figura, justo cuando hay que lucir palmito en la piscina. Este mismo efecto, ocurre en estas fechas donde la vorágine de comilonas te engulle y hace que tu contorno aumente en la misma proporción que las buenas intenciones deportivas para el año siguiente, aunque éstas últimas, suelen durar no más de una o dos semanas.

Otro clásico de estas fechas es la feria de los puesticos de navidad, en la que entras en pleno diciembre en la plaza de toros, y siempre intentas ver tu sitio habitual en el tendido desde alguna esquina.

En esta misma feria o en otros comercios locales, los regalos sanfermineros del Olentzero o Reyes, también son muy socorridos. Las típicas figuras con motivos sanfermineros, suelen ser regaladas  a niños, adultos y ancianos con éxito. Incluso va creciendo la gama posible de regalos, ya que la federación de peñas ha hecho unos cuadros con todos los pañuelos, por ejemplo y se rumorea que se está preparando un libro con la historia de las peñas para más adelante.

También llegan las típicas prohibiciones, si en San Fermín prohíben actos, como un campeonato relámpago de mus, aquí también se ponen trabas a los olentzeros de los barrios, y su “peligrosa” intención de repartir regalos y felicidad a los niños.

Y hablando de Olentzero, también es la única ocasión para ver animales con cuernos (no humanos) por la calle Estafeta fuera de fechas sanfermineras.

En San Fermín, como en Nochevieja, mucha gente se disfraza o por lo menos tiene algún accesorio en forma de gorro o utensilio que los vendedores callejeros siempre están dispuestos a vender, incluso los más cutres se disfrazan de pamplonica la último noche del año.

Y no podemos olvidarnos que, dentro de las navidades, empiezan las cenas de escalera, el uno de enero, la cena para los castas más valientes.

Pero si hay algo que de verdad une a ambas fechas es Justin Bieber, ídolo de las adolescentes,  que ha realizado un vídeo con un villancico, “Santa Claus is coming to town”  vestido de inmaculado pamplonica, como podemos ver en el siguiente documento.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=MB3TCiA1rgI


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Curiosidad taurina

16 de diciembre de 2011 por festix

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El viernes pasado apareció en Diario de Navarra, en la sección “Diario en el recuerdo”, un sucedido acaecido hace justamente cien años, el 9 de diciembre de 1911, sábado. Dice así:

Herido por una vaca al torearla en la Taconera

Benigno Aragón, de 21 años, sufrió la fractura de una pierna mientras se dedicaba a torear a las vacas que se encontraban pastando en el foso de la Taconera. El aficionado taurino resultó herido al ser alcanzado y derribado por uno de los animales. Tras el accidente, fue trasladado en una camilla al hospital.

No tenía ni idea que en el foso de la Taconera, actual residencia de ciervos, cabras, anátidas y demás fauna, hubiese hace cien años ganado bravo por lo que se deduce de la noticia. Desconozco si algún ejemplar fue lididado en los Sanfermines de la época, así que si algún avezado taurino tiene más información al respecto agradecería que la compartiera.

En otro orden, hoy se presenta el libro ‘Beautiful Rhodesia’ de Carlos Erice Azanza, miembro del jurado en las tres ediciones del Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín y miembro fundador de este blog, presentación que correrá por cuenta de Patxi Irurzun, escritor, jurado en la última edición del certamen y colaborador de este blog, así que os invito a acercaros esta tarde a las 20:00 a la Sala Calderería, en el número 11 de la calle homónima. Allí estaremos.


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Pises

15 de diciembre de 2011 por Patxi Irurzun - Escritor

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Tengo un conocido que dice que escribe para limpiarse, así que voy a contar una anécdota sanferminera (en plan abuelo cebolleta, por seguir con la tónica de estas colaboraciones) que a mis amigos, que son unos cabrones, les hace mucha gracia recordar, pero que a mí me parece una guarrada, a ver si así le quito toda la costra y acabo por reírme yo también.

Fue uno de esos años que pusieron las barracas políticas al final de la Avenida del Ejército, como ya contamos el mes pasado y, también, queridos niños, qué era eso de las barracas políticas. Para separar éstas de Antoniutti, se colocó una valla que acabó convertida en improvisado y monumental meadero, lo cual explica lo tupido que luce todavía hoy por esas latitudes el hierbín (palabro autóctono que animo a usar, así como pozal o pantaloneta, este último incluso ya sin miedo a ser encausados por la Audiencia Nacional).

Me desvío un poco del tema, porque solo de pensar que tengo que zambullirme en él se me revuelve el estómago. Pero bueno, tapémonos la nariz y vamos allá. El caso es que al final acabaron formándose en ese lugar allá varios riachuelos e incluso un pantano de pis de profundidades abisales, desde el cual subía una voz que te llamaba por tu nombre cada vez que te arrimabas, y yo una vez me arrimé demasiado, algo chispo y con la vejiga a reventar como iba, y resbalé y acabé cayéndome de cabeza dentro como un Alvaro Miranda cualquiera, pero sin chaleco salvavidas. Bueno, igual estoy exagerando un poco, pero todo un costado del pantalón sí que se me empapó, y cuando volví a las barracas políticas, que eran como un muro de gente, comprobé que yo por mi parte me convertía en un martillo neumático, porque todos se apartaban, me abrían paso al tiempo que me miraban como un despojo humano, un leproso, la hez de la sociedad…

Al principio, aquello resultaba muy práctico a la hora de ir a pedir (a mis amigos, que son unos cabrones, les podía más su dipsomanía que la peste que yo propagaba, y me decían “¡Bah, que no es para tanto!”, admirados al ver como las barras se despejaban como si yo fuera Moisés y ante nosotros se abriera un mar rojo de kalimotxo), pero cuando ya uno de los camareros nos preguntó si queríamos un katxi de zotal, yo creo que con un poco de retintín, fue cuando dije “Hasta aquí hemos llegado”, aunque luego todavía fuimos un poco más allá, hasta Jarauta, donde la abuela de uno de los cabrones de mis amigos, que era de las de sanfermines en Salou, tenía un piso en el que solíamos quedarnos a dormir la mona algunos días a cambio de regarle las plantas y no voy a decir con qué, solo apuntaré que el piso era uno de esos del casco viejo divididos en dos partes, con las escaleras de por medio (tienen un nombre, pero no lo recuerdo) y que el baño quedaba al otro lado y no teníamos llave.

Revolviendo en los armarios, encontramos unos pantalones de dantzari de pana, una especie de bombachos que llegaban a media pierna, y fue de ese modo como dejé de ser apestoso-man, y cómo volví a casa, otra vez tratando de abrirme hueco como un topo entre la multitud de Jarauta e intentando no caer esta vez en las sartenes de los puestos de bocatas de txistorra, cuyo aceite hirviendo también me llamaba por mi nombre cada vez que pasaba al lado de uno de ellos, todo eso mientras a mis espaldas se escuchaban las carcajadas de mis amigos, que no sé si os he dicho todavía que son unos cabrones, y a los que ahora lo que les hacía partirse la caja eran las pinticas que yo les llevaba.

Todavía cuando lo cuentan se descojonan vivos (¡Ay, que me meo!, dicen, hurgando en la herida), pero yo, incluso después de haber escrito esto, no le veo la gracia, no consigo poner en limpio ese recuerdo, y cada vez que pienso en él, veinte años y un folio y medio después, no puedo evitar arrugar la nariz.

 


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