El Blog de los Sanfermines — Tus cinco minutos de San Fermín al día

Diario chivato

24 de marzo de 2014 por el divino imprudente

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masai

Eran tiempos en los que saltar al otro lado del vallado era saltar de niño a joven, qué sé yo, como el joven maasai que debe probar su valor cazando un león. Con 16 años, correr el encierro txiki era poco menos que una humillación y, tras ese entrenamiento de años anteriores con becerras inofensivas, era el momento de ver de cerca al morlaco de Torrestrella. Era el momento de poder mostrar orgulloso un rasguño en el brazo tras lanzarse en plancha en la acera de Santo Domingo y señalar en el Diario de Navarra o el Navarra Hoy una mancha blanca irreconocible que asegurabas ser tú. Mejor así, que tus padres no pudieran reconocerte en alguna foto, pues de lo contrario, seguramente habría consecuencias.

En la cuadrilla había dos fenotipos. Unos, tras acompañar a las Dianas, se metían en la Plaza de Toros a dormitar en un tendido ojeando el periódico, mientras la banda tocaba y el sordomudo con su perro hacía el pino en la arena para que le echaran unas monedas. Bueno, todos no, alguno seguía amorrado a una botella de kalimotxo que el resto hacía tiempo que aborrecía su presencia. Pero había otros que descendían Santo Domingo para cumplir con el rito iniciático y darse ese chute de adrenalina al ver ¿de cerca? resoplar los bureles. Nunca hubo consecuencias graves, salvo un día. En mitad de la cuesta, un toraco arremetió con el vallado y uno de mis amigos a duras penas pudo, de espaldas, levantar las piernas y terminó subido en la testuz salvando por poco la cornada. Susto sin consecuencias. ¿Sin consecuencias? Al día siguiente era portada en el Diario y la madre del protagonista por poco se muere de infarto. La prueba irrefutable allí estaba. No hay más preguntas señoría. “Cada día, en casa a las 7’00 en punto y el encierro los ves por la tele”. Y ahí terminó la carrera incipiente de un corredor que tuvo que esperar a la mayoría de edad para volver al rito. Seguramente él guarda esa foto acusadora que le impidió ese año volver a Santo Domingo, pero que le hizo el más popular de la cuadrilla.


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Capítulo VI . De estatuas móviles e inmóviles.

21 de marzo de 2014 por D.Gato

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Después del ineludible salto a la fuente de Nabarrería, la noche transcurrió de manera embriagadora, no sólo por los bebedizos, que también, sino por la compañía y la temperatura ambiente. Lou-Lou, tras la descarga repleta de adrenalina y vértigo del salto, ya repuesta, charlaba alegremente, galoise en mano, con las personas, algunas humanas, otros meros engendros con piernas que poblaban las calles.

Ernesto seguía de jarana con ella. Esa bota de las tres zetas hizo estragos entre los parroquianos y también en su blusa, marcándole de rojo granate sus otras dos espectaculares y juveniles zetas. Esto aún encendía más a las hordas, que atraídos ya por la belleza y arrojo de nuestra francesita, acudían a ella para intentar otro reto, aún más difícil y arriesgado: la ascensión e intento de conquista de nuestra protagonista.

No obstante, a pesar de todo ello, contemplaba cómo el gesto de Ernesto, antaño jovial y espléndidamente sembrado de su barba blanca, iba poco a poco cambiando con el transcurso de la noche. La sonrisa franca y alegre mudóse en un gesto más adusto y serio, como el que poco a poco va sintiendo el acercarse la mañana y con ello, el compromiso con la realidad mágica. Estampándole un beso, le cominó a que le dijera el porqué de ese entrecejo adusto.

-Se acerca la hora…Vámonos a almorzar…

No se había percatado de ello. La noche poco a poco fue deslizándose entre la riada humana dejando entrar, lenta pero inexorablemente al aún débil resplandor matutino. Esa simbiosis de luz en tan ambiguas horas hacían mezclarse a los gaupaseros con la gente que de impoluto blanco empezaba a poblar las calles de la vieja Iruña. Unas fiestas que transcurren a modo de una rueda sin fin ni concierto, ni noche ni día.

No tuvieron que andar mucho. Una puerta verde, comienzo de la estafeta, les aguardaba.. Las maderas en forma de escalera les condujeron a la primera planta.. Dos toques largos y uno corto anunciaron su presencia. Ésta se abrió y detrás de ella apareció, impoluto, un bigote a una nariz pegada a una altura de uno noventa. Era Papytu.

-Egunon Ernesto. Veo que vienes muy bien acompañado, -asintió mientras se dirigió gentilmente a Lou-Lou- Bonjour, madmoiselle¿Ca va bien? Pasad sin miedo, está todo preparado.

Vaya que si lo estaba. Sobre una ancha mesa, unos pantalones y camisetas blancos, fajas y pañuelos encarnados descansaban inertes, esperando que alguien les poseyera. Al otro lado, otra mesa igual de grande repleta de zumos, cafés, chocolate con churros y croissants De la otra estancia provenían susurros de queda conversación. Lou-Lou creyó escuchar conversaciones en japonés. Nada más entrar los contempló. Dos fornidos japos con cara impertérrita al lado de un anciano estaban sentados en el sofá, mientras sorbían a tragos cortos una botella ya menguada de Sake. Saludaron con un movimiento de cabeza y siguieron a lo suyo. Parecían estar en otro mundo, absortos y mirando hacia la ventana, de donde provenía un murmullo de gente Se dirigió hacia ella y vio el motivo: la calle engalanada, limpia y gris como un espejo sin luz, hacían resaltar los balcones repletos de gente de todas las edades, la mayoría de ellos dando cuenta del desayuno. El encierro estaba a punto de empezar.

– Es la hora, vamos.- Como un resorte, dos de los japos, Ernesto y el bigotudo se dirigieron hacia la puerta. Lou-Lou rápida y felinamente, le cogió a Ernesto del brazo.

– Voy con vosotros.

Asintiendo con los hombros, Papytu, con tenso gesto, se dirigió a Ernesto:

-Bajo tu responsabilidad. Yo me voy con estos dos.

Tras descender de dos en dos las escaleras, Papytu se dirigió a ellos.

– Esperaremos a que suene el chupinazo que da comienzo al encierro. Yo me voy con los japos, vosotros os quedáis en el dintel de la puerta, detrás de la marabunta,quietos y veis pasar a los toros, cómo siempre. Suerte y al toro.

La espera tras la puerta la recordaría Lou- Lou como el momento mas tenso de su vida. Un silencio acompasado de respiraciones agitadas y nervios, muchos nervios. La boca seca. Parecían el quinteto de la muerte. Junto a la puerta, con la mano en la manilla, Papytu. Detrás de él, los dos japos frente a frente, face to face, retándose con las miradas, tensos. Un poco más alejados, Ernesto y Lou-Lou, agarrados de la mano como dos novios, esperando a salir de casa y dar un romántico paseo por el parque.

Sólo que en vez de un bucólico parque,

La Estafeta a las ocho menos un minuto.

En lugar de cálidos arrumacos,

Empujones,caídas y codazos.

Muerte anunciando jaque,

Violencia, carreras, gritos , sustos

Y por encima de todos ellos, afierados

media docena de astifinos morlacos

Sustituyendo a los dulces helados.
(Continuará…)

 

 

 

 

 


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Chupinazo 2014

20 de marzo de 2014 por rajauta

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La Cruz Roja lanzará el chupinazo el próximo 6 de julio de 2014.

Esta será la cuarta ocasión en la que no lo lance un miembro de la corporación pamplonesa.

En el año 2000 lo lanzó Cesar Palacios en calidad de capitán del Club Atlético Osasuna con motivo del ascenso del club a primera división.

En el año 2001 el encargo recayó en Fermín Tajadura como presidente del Portland San Antonio ya que el equipo fue campeón de la Copa de Europa de balonmano.

La tercera ocasión, en el año 2010, fue Mari Lanuza el privilegiado en calidad de presidente de la Comparsa de gigantes y cabezudos. Comparsa que cumplió los 150 años. Ahí es nada.

Este año el honor ha caído sobre la Cruz Roja de Pamplona. Entidad que realiza una labor imprescindible durantelas 204 horas de fiesta y de manera destacada durante el encierro.

Nosotros tuvimos el privilegio de que el presidente de la Cruz Roja de Pamplona, Mikel Martínez, diera vida al relato ganador del primer certamen de microrrelatos de sanfermín: “El último encierro” de Javier de Prada.

Una voz y un relato que merecen la pena disfrutarlos.

Enhorabuena Cruz Roja, enhorabuena Mikel !.


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Encierro del 7 de julio de 2013

18 de marzo de 2014 por sanferman

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Es sabido que está totalmente prohibido introducir en el recorrido del encierro cámaras. Sin embargo, los avances tecnológicos cada vez ponen más fácil sortear la normativa.
Hoy os invito a ver este vídeo que dura casi una hora. Pero como no olvido el lema del blog, os aseguro que basta con ver el primer cuarto de hora. Se trata de la grabación de un encierro que ha hecho un extranjero con sus gafas. Sí amiguitos, unas gafas con cámara incorporada (son las pivothead sunglasses), que se han utilizado ya para grabar el punto de vista más espectacular de numerosas actividades de alto riesgo.
Arranca con la evolución de la masa de corredores mientras duran las barreras policiales, muy interesante ver los distintos niveles de tensión y excitación con que afrontan los minutos previos al estallido del cohete los distintos corredores, y francamente angustioso cómo el portador de las gafas se ve obligado a superar el montón que se forma en la bajada al callejón. Se trata del encierro del siete de julio del año pasado. Segundos antes, un toro se encuentra con el tapón y opta por no embestir. Espectacular.
 

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Por un puñado de pipas

17 de marzo de 2014 por Patxi Irurzun - Escritor

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Los reventas nos entraron donde el Moreno, el que echaba al  arrebuche los viernes caramelicos o premiaba con un una pasta marrón con azúcar glas al primero que diera una vuelta corriendo a la Plaza de Toros (el Moreno era un adelantado del marketing; a la del otro kiosko, la de enfrente de los Escolapios, a la que llamábamos la bulldog, no le comprábamos nunca —o casi nunca—, aunque nos pillara más cerca del colegio).

—Eh, chavales, si os ponéis en esa fila —señalaron la taquilla de la plaza los reventas— os damos veinte duros y os compramos una bolsa de pipas de las grandes, para que os entretengáis mientras esperáis.

Y antes de contestar ya nos estaban agarrando del brazo, con las manos sudadas y las uñas negras por la tinta de las entradas y la roña de los billetes,  y llevándonos a la cola.

—El dinero luego, las pipas aquí las tenéis —dijeron.

Y allá nos pusimos a esperar a que abrieran las taquillas, pelando pipas, clic, clac, y cada una sonaba como algo que se quebraba por dentro de nuestros cuerpos. Acojonaditos, estábamos. Sin atrevernos a mover un solo músculo (que no fuera el de cascar pipas).  Después ya apareció el borracho aquel, y empezó a decir tonterías, y más tarde el antitaurino, con sus carteles cutres y su voz de trueno enfermo, y el borracho se solidarizó con él: “Las plazas de toros hay que reconvertirlas”, decía, “concursos, concursos de polvo sobre la arena, habría que hacer”, y las familias enteras de gitanos que también guardaban cola junto a nosotros se retorcían de risa en sus sillas de camping oyéndole e imaginándose a unos cuantos payos blancuchos con el culo al aire, y así nosotros poco a poco nos íbamos relajando y sacudiéndonos el miedo.

Después se fueron los dos, el borracho y el antitaurino, y los gitanos se echaron una siesta, y a nosotros se nos acabaron las pipas y decidimos abandonar nuestro primer trabajo, porque pensándolo bien no había derecho, ahí, sin contrato ni nada.

Al día siguiente, quedamos como siempre donde la estatua de Hemingway. Y como siempre mis amigos llegaron tarde. En realidad, no sé ni si llegaron, porque mientras estaba esperándoles, de repente vi venir pisando muy fuerte y con el ceño convertido en una grapa a uno de los reventas que la tarde anterior nos habían comprado las pipas. Salí pitando. Yo nunca había ganado una de aquellas carreras que organizaba el Moreno, pero estoy seguro de que ese día di la vuelta a la Plaza de toros más rápido que nadie nunca.

Durante todos aquellos sanfermines no pude quitarme del brazo el olor a tabaco negro y a billetes que pasaban de mano en mano. Y durante varias semanas, por mucho marketing que hiciera el Moreno, la bulldog ganó un nuevo cliente.


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