El Blog de los Sanfermines — Tus cinco minutos de San Fermín al día

La Feria de Abril

24 de abril de 2013 por Josemiguelerico

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Hasta hace dos años, cuando alguna mente reivindicativa le quería dar caña a “Ella“ solía utilizar como arma arrojadiza que la munícipe quería convertir los Sanfermines en una “Feria de abril”.

La acusación, rimbombante y sonora, dejaba claro que tanto el acusador, como la antigua alcaldesa, nunca habían estado en la feria de abril sevillana.

El que esto firma conoció la feria de abril la semana pasada y llegó allí afectado por los mismos tópicos con los que un sevillano se enfrentaría al cruzar por la Jarauta un 7 de julio.

Tras pasar una noche de calor sahariano, entre caseta y caseta, un servidor terminó por apercibirse de que la Feria de Abril y los Sanfermines no son tan distintos.

1- Ambas fiestas están hechas para ser disfrutadas con los amigos. El resto son aditamentos.

2- En ambas fiestas, digan lo que digan, te orientarás mejor con un cicerone local o integrado en una cuadrilla aborigen.

3- La jarra de rebujito y la jarra de sorbete son elementos socializadores similares.

4- Las casetas no están abiertas al público pero… ¿acaso es fácil encontrar entradas para los toros en Pamplona?  en ambos sitios si no estás… te pierdes la mitad de la fiesta.

5- Y por último. Las chicas vestidas de flamenca, arregladas y coquetas, provocan un efecto erótico festivo similar al de las camisetas blancas y pañuelico rojo. Podrías echarles la capa a su paso, rondarlas y declararles amor eterno pero… ¿quién no garantiza que al día siguiente sean estupendas, punkies o góticas?

 



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Carta al alcalde

23 de abril de 2013 por José Luis Allo - Poeta

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Querido señor alcalde:

Me permito, esta epístola, con el deseo de hacerle llegar mis parabienes, porque según la cuenta atrás que preside la entrada o salida de la calle estafeta, ya falta menos, siempre menos, para que los hoteles suban sus tarifas, los bares dupliquen beneficios, y los foráneos que quieran asnarse encuentren aquí lugar propicio, el orín, el azufre, las vomitonas y sus secuelas son el principal ingrediente de esta capital universal de la desidia, sólo 204 horas, afortunadamente hay parroquianos que acompañan a la procesión y autoridades con sus vestidos de gala, vecinos acicalados para saludar y festejar al patrón en cuyo honor se celebran estas celebradas fiestas, por la tarde, a su hora en punto, también con las mulillas, hasta la plaza, a pesar de algún patán, como en toda muchedumbre, después, una vez terminada la algarabía de la plaza, donde unos, a veces, millonarios, distraen, o lo intentan con mayor o menor mérito al personal que, religiosamente ha pasado por taquilla, para ver, con escasa fortuna, alguna redonda faena, la salida, su bullicio y colorido dan al paisaje un irisado fulgor, qué bella se muestra engullendo en sus calles voces y música, y los fuegos, esa maravilla que maravilla a grandes y pequeños, luego, la noche adquiere otro ritmo, los suelos se cubren de plástico, comida y alcohol y que gracias a los esforzados señores de la limpieza, a los que la edad nos ha hecho madrugadores, agradecemos encontrarnos con las primeras luces todo reluciente y desinfectado, pulcro, como si nada hubiera pasado.


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Capítulo -III

22 de abril de 2013 por D.Gato

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12 de julio, En el Casino, al punto de la mañana.

A deshoras, sin temple, Papytu Madre se desliza. En todos los aspectos. Tras la noche, solo queda esperanza y un bigote desubicado. Acabáramos, y a mi los míos. El baile de la alpargata, le avisaron, es donde puedes localizar a tu objetivo. Puede que así sea. La última vez que creyó notar su presencia fue en el palco de la Plaza de Toros, antes de que Zorton le vertiera encima una catarata de sangría encima de su espléndido uno noventa. La invitación a ese matutino baile era obligada. Ésta, que descansaba en el bolsillo de su ya no impoluta camisa blanca, la había obtenido de una misteriosa mujer, más bien un pibón rubio, que había conocido en las dianas. De perdidos al río, decidió aceptar el envite.

No sin mantener un duelo de miradas con el tremendo portero a quien creía conocer, se introdujo en el salón. Unos amplios ventanales con vistas a la Plaza del Castillo dejaban entrar la luz del día. La música resonaba festivamente por el amplio y abarrotado salón de madera, sobre el cual parejas y cuadrillas trataban de bailar y comer chocolate con churros a la vez, algunos con más fortuna que otros. Tratando inútilmente de pasar desapercibido, arrebató un chocolate caliente del camarero que pasaba  sigiloso. Lo bebió de un trago, percatándose tarde de que estaba ardiendo. Raudo y veloz, muy suyamente, lo despachó sin miramientos por el balcón mediante una perfecta arcada. Tope sanferminero. Para disimular, con destreza se introdujo en un magnífico trenecito formado por los asistentes que recorría toda la estancia bailando con la música. Con tan buena suerte, siempre ella, de acabar en el vagón del pibón rubio.

-Hai Papytu, has venido. Contenta de verte- chapurreó la esbelta nórdica.

El perfume que desprendía su lisa melena le puso de un bruto supino. Quizás la falta de sueño, mezclado con el sabor a chocolate  y la falta de vergüenza torera típica en él, hizo el resto. Gozando gracias a su altura de un contrapicado que desembocaba en su escote, sintió que empezaba a sentirse  Papy Toyduro. Acomodándose en su rebotudo trasero, siguió caminando en el trenecito. Más que trenecito, era el tren del amor. Manteniéndose detrás de su ya cercana amiga, logró mantener el paso más obsceno que ha parido madre. Sin inmutarse. Serio. Pitudo. La neska, fresca, milagrosamente recién duchada, se acomodaba al infernal vaivén del tren. pam, pam, pa pam….Uffff,ufffff, pifiaba  un viejo que ridículamente hacía de locomotora, pim pam pim pam la orquesta seguía tocando la infernal sonata.

Fue entonces cuando sintió una auténtica erección. Incontrolable, de hierro, cuál pilar heleno, consistente, magnífica y soberbia. la música tronaba, pam que pam ta tan da da dan,……dale don dale, no queriendo soltarla ni ella a él. Los movimientos empezaban a ser de un lascivo que no recordaban ni los más añejos del lugar conocedores de las bondades del mono Charlie de la taconera. La verdad es que estaba disfrutando al máximo del baile de la alpargata, que no es baile si no hay gata, pensó para sus adentros.

En este trance estaba nuestro sufrido protagonista cuando hizo entrada en el baile un nutrido grupo que rodeaba una figura, a la cuál no se podía distinguir debido a que tenía su rostro embadurnado con chocolate. Al principio, con la guardia baja y la lívido muy alta, no le prestó atención. Estaba en su microcosmos particular, a gusto, disfrutando del roce. Hasta que vio al portero con porte simiesca señalarle con el dedo. La música había pasado a ser un vals, terreno en el cuál Papytu se desenvolvía como pez en aceite hirviendo. A espasmos.

-Allá esta, a por él-  un pelotón de corajudos forzudos se le echaba encima.

Papytu Madre, dándole un beso en el cuello, se separó de su odalisca. Conforme llegaba el portero, le hizo una llave tan rápida y sorpresiva que para cuando se dieron cuenta estaba el hormonado ejemplar besando la madera, a la vez que nuestro protagonista , ocultando su  mano dentro del bolsillo, aseguraba a sus contrincantes:

-Estoy armado, así que si no queréis salir en sucesos, apartaros de mi camino.

La realidad  era la siguiente: sí que se estaba armado, bien armado ,armando una buena mientras era amado por la belleza nórdica. Un alargado bulto se dejaba ver a la altura de su cintura. Manteniendo fríamente la mirada y espectacularmente su arma tras la lucha, cogió lentamente el brazo de la rubia, que le miraba como quien ve en plena batalla a un unicornio. Los dos están dotados divinamente de miembros afilados y mágicos.

Con gallardía torera, Papytu Madre se dirigió procelosamente hacia la salida. Allá, bajo el dintel de la puerta, unos ojos infernales escupían fuego debajo de una capa de chocolate, asemejándose a un morenito.

-Ya nos veremos Papytu. Pagarás por esto- le amenazó.

Nuestro gallardo héroe, practicando el dudoso arte de la peineta, abandonaba el baile de la alpargata felizmente armado y mejor acompañado, bajo la mirada atónita de la marabunta. La orquesta empezó a atacar  “Paquito el Chocolatero.”

 

(Continuará…)

 

 



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Un día cualquiera

19 de abril de 2013 por Pamplonudo

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Resaca. Encierro. Siesta. Ducha fría. Resaca. Paseo. Amigos gabatxos. Almuerzo. Mandarra y cazuelas. Vino en ayunas. Escalofríos. Huevos fritos y ajoarriero. Doce en la mesa. Ibuprofeno. Sudores. Sin darte cuenta media botella de vino. Garrotes de postre. Gases. Café y copa. Risas. Primeros cánticos. Primeras sonrisas. ¿Cubata? Cubata. Incorporaciones tardías. Sobras del almuerzo. Otro cubata. 13:00 horas.

Estafeta. Sol. Gentío. Gigantes y cabezudos. Kilikis y zaldikos. Los tíos. Los primos. Vermú. Marianito, kalimotxo, cerveza, clarete. Incorporaciones ¿Katxis? Mejor que estamos muchos. Adoquín, Guría, Cerve, Piri. Más saludos. Sonrisas. Suecas. Música en la puerta del Piri. Rancheras. El libro de la Jungla. Tres entradas para los toros. 15:30 horas.

Sociedad gastronómica. Mandarra, sartenes, cazuelas, fuego. Veinte en la mesa. Ensaladas, revuelto de ajetes y gambas, rabo. Tinto, sidra, clarete, cerveza. Tarta. Cafeses. ¿Un puro? Música!!! Música!!! Txupitos, digestivos y cubatas. Prisas. La dolorosa. Sobran dos entradas. 17:45 horas.

Jesusmari. Cubos, batas, gorros y toallas. Monumental. Barrera y contrabarrera. Sol y moscas. Calor. Himno de Navarra. Falta rodaje. Brebaje. Zaíno y astifino. Melocotón, ojo de perdiz. Verónicas, chicuelinas. El Rey. Sangría. Derechazos, de pecho y naturales. Sangría. Pañuelos. Tuppers, cazuelas, bocatas. Bonito con tomate, pochas, magras. Risas. ¿Quinto? No, sexto. Cubata. ¿Salida? No, era el quinto. Cubata. Gente a hombros. Capitalistas. Callejón, pancartas, txarangas, follón. 20:50 horas.

Kantxa, Alegría, La Raspa, El Temple. ¿La peña? Perdida. ¿La cuadrilla? Perdida. Una priva en Navarrería. Diábolos, perros, monedas sueltas. ¿Cenamos? Cenamos. A la Meji. Bravas, mejillones y calamares. Katxis, kalimotxo, cerveza. Almorrana. Noche. Ruido de fuegos. Míralos. ¿Dónde estabais? Por ahí ¿Y vosotros? ¿Habéis cenado, no? Sí ¿Y vosotros? ¿Cubatica? Por supuesto. ¿Y esas tordas? 0:30 horas.

Continuará…


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Morir de rodillas frente a la oscuridad de un toril de dos cañones (II)

18 de abril de 2013 por el divino imprudente

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“Señora, todas las historias, si se las lleva hasta el final, acaban con la muerte. (…) No hay hombre más solo a la hora de la muerte, excepto el suicida, que quien ha vivido muchos años con una buena esposa, a la que sobrevive. Si dos personas se aman, la cosa no puede tener un final dichoso”

(Muerte en la tarde Ernest Hemingway)

En mi anterior disertación intenté reflexionar acerca de la conducta suicida que se suele atribuir a los escaladores de alta montaña y a los corredores de los encierros. Era obligado hablar del presunto suicida más famoso que se asocia a la Fiesta. Y digo presunto, pues como aseguraron en su día su esposa Mary Welsh o su buen amigo Juanito Quintana, no me puedo creer que Hemingway se quitara la vida de esa manera. Un escritor, premio Nobel, no tuvo a bien dejar ni una simple nota de despedida e incluso en el cajón de su mesilla quedaron los abonos que él mismo había encargado a Quintana para la feria de ese año 1961.

Ese gigante que devoraba la vida a grandes mordiscos no podía decidir un método tan vulgar. Ese admirador de la valentía de un matador de toros no se podía marchar así, por la puerta falsa, como el torero que se retira entre pitos y una lluvia de almohadillas.

Sí, ya sé que había abandonado hacía pocos días su segundo ingreso en la clínica Mayo de Rochester, en Minnesota, en donde le había derretido el cerebro con sesiones de electrochoques, que había perdido peso y ya no era ese hombretón de más de cien kilos que se carcajeaba en el café Kutz rodeado de admiradoras.

Ya sé que no podía escribir ni una sola línea, a pesar de que se lo había pedido el mismísimo presidente Kennedy para la introducción de un libro, y que lloraba de impotencia sobre la máquina de escribir.

Ya sé que se sentía perseguido por el FBI y que tenía delirios acerca de que le espiaban y que le habían intervenido su teléfono.

También sé que su padre se suicidó, de idéntica manera, y su propia nieta Margaux, y otros cuatro miembros de la familia Hemingway.

Ya lo dice Albert Camus: “Sólo hay un problema filosófico serio: el suicidio”.

Estoy de acuerdo con García Márquez, que al enterarse de la noticia dijo que Hemingway no era de esa clase de hombres que se suicidan.

Habían vuelto de Minnesota en coche, porque preferían no viajar en avión. Mary no estuvo de acuerdo en el alta hospitalaria, pero los médicos la convencieron de que el escritor estaba listo para la vuelta a casa. El regreso fue muy placentero y tardaron unos cinco días en recorrer esos dos mil kilómetros. Aquella noche del 1 de julio había cenado bien y estaba animado. Incluso canturreó alguna canción en italiano mientras se lavaba los dientes. Aprovechando que Mary dormía ya a su lado, descendió las escaleras enfundado en la bata que él llamaba “la túnica del emperador”. Era domingo.

Encuentra las llaves y coge unas de sus favoritas, la que usó alguna vez en sus cacerías en África, y comienza a limpiar la culata y las incrustaciones de plata. Recuerda a su amigo Antonio Ordóñez, cuando se clavaba de rodillas delante de la puerta de toriles en la Monumental de Pamplona a la espera de la salida  toro. El portón de los sustos giraba sobre sus goznes y un túnel negro, de oscuridad inquietante, como los cañones de la escopeta, le hacía contener la respiración. Salía el burel enrabietado por el aguijón de la divisa y se dirigía hacia el torero, que intentaba calcular la distancia adecuada para dar una larga cambiada. Y el gatillo de la escopeta que, sin querer, se va hundiendo bajo los dedos. La muerte se acerca galopando. Se hacía un silencio de velatorio en la plaza, y justo cuando el animal hacía un derrote para voltear a Antonio, éste levantaba el capote y esquivaba la embestida por centímetros… sin embargo, Mary oye un estruendo que la despierta con un sobresalto.

El resto es conocido. Ella bajó apresuradamente y encontró el cadáver de Papá Hemingway del que manaba un río de sangre, y no había subalternos para sacarlo corriendo de allí ni un mal cirujano en la plaza que pudiera suturar esa tremenda cornada.

Ella mantuvo que fue un accidente e incluso Leonardo Padura, escritor cubano, asegura que Hemingway fue acorralado y casi presionado a terminar con su vida debido a la persecución a la que le tenía sometido el FBI por expresa orden de Hoover, con documentos ya desclasificados que así lo atestiguan.

Hemingway, apasionado por la vida, quizá creyó que 61 años eran suficientes, no lo niego, como si la vida fuera esa bota de vino que estrujaba con fruición hasta que saliera aire. En vez de esperar a que la muerte lo alcanzara puesto de rodillas por la enfermedad, prefirió ir rápido a su encuentro, como en un desplante en el que el torero queda a merced del toro.

Pero hay algo que no encaja, pienso que un enamorado de las fiestas de San Fermín como Ernesto no habría elegido esa manera de suicidarse. Creo que hubiera preferido, como Nicolas Cage en Leaving Las Vega, haber vuelto a esta ciudad para decir con lúcida solemnidad aquello de “He venido a Pamplona para matarme bebiendo”.

Y morir tras una noche de juerga, con su blusa de cuadros, recostado en el tendido esperando la entrada de los toros del encierro de una mañana del 7 de julio.

 Notas del autor:

La nieta del escritor, Mariel Hemingway, nació pocos meses después en el mismo lugar donde su abuelo se quitó la vida, en Ketchum, estado de Idaho, y acaba de presentar en el festival de Sundande el documental Running from crazy, que muestra su testimonio sobre la enfermedad mental, muy presente en su familia y los suicidios como trágico acontecimiento habitual entre los Hemingway.

Running form crazy

 

Para quien no lo conozca, aquí os enlazo el corto documental “Apuntes sobre el otro”, está dirigido por Sergio Oskman y escrito por Carlos Muguiro y en él se puede observar el lugar donde murió el escritor. Una auténtica delicia.



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