El Blog de los Sanfermines — Tus cinco minutos de San Fermín al día

IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

16 de octubre de 2017 por Certamen Microrrelatos San Fermín

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SAN FERMÍN ES MÚSICA

José Félix Goicocheta Vega

Se despertó y se incorporó de un salto.
-Joder que ruido, ¿no les vale con tirar solamente un cohete?
Miró al otro lado de la cama y la mujer con cuerpo de guitarra ya no estaba, pero su dibujo se adivinaba en el colchón.
Se puso un pantalón y salió al balcón. El sonido de una multitud de gaitas le sorprendió gratamente. Conforme los gaiteros entraban en la Estafeta, una alfombra de boinas rojas volaba por encima de sus cabezas. Entonaban el “ánimo pues” y rio de gente de todos los sexos y razas bailaban al compás.
Le pareció que una boina roja pugnaba por salir del grupo. Cuando estuvo cerca de su balcón se quitó la txapela gorri y le saludó
– ¿Has dormido bien? Preguntó la chica.
El sonrió y asintió, y recordó que cuando en plena batalla del placer, le preguntó el nombre y ella contestó,
Música, yo soy la música.  

REENCUENTRO

Carlos Servent Mañes

Él la miró. Gracias a su altura, le pudo pasar el vaso de cerveza por encima de la multitud. Ella se lo agradeció con una sonrisa cuando todavía ninguno de los dos llevaba teñida de rosa parte de su indumentaria blanca, ni ella llevaba el sombrero mejicano, ni él llevaba un mono de peluche colgado al cuello. Entre sonoras carcajadas la noche sanferminera terminó de “tunearlos” con collares fosforescentes, una pierna arremangada hasta la rodilla, además de sendas pelucas de color lila. Al amanecer y durante el encierro, se les vio agarrados a la barra de un bar para que el balanceo de su embriaguez no terminara con ellos en el suelo mientras discutían por pagar.
Coincidiendo con la salida de la plaza de la multitud que había estado viendo el encierro, medio centenar de personas irrumpieron en dicho bar acompañados por el agudo sonido de las gaitas. Durante ese tumulto se perdieron de vista.
Meses más tarde, ella acompañaba a su novio a un juicio por venta de hachís. El juez que al entrar tuvo que agacharse para no pegarse con el marco de la puerta, antes de leer el acta, alzó la vista. Sus miradas dictaron la sentencia. 

ANSIEDAD

Sergio Elizalde Marquina

Inexplicablemente no estaba ahí. Lo llevaba guardando desde hacía tiempo para este día tan especial. Tenía que estar en algún cajón, o quizá en el armario. No podría hacerlo sin ello, había previsto hasta el último detalle. ¡Por fin, encontrado! En poco más de una hora se haría famoso.

Salió de su casa sin despertar sospechas, sintiendo como su corazón palpitaba sin tregua. Esperó a subir el último al autobús, bajó también el último, queriendo asegurarse de que no olvidaba nada. Anduvo cinco minutos desde la parada al objetivo final. Golpeó las veces convenidas la puerta trasera. Le abrieron con mirada de alivio, llegaba unos minutos tarde y no había margen de error. Evitó las escaleras principales tratando de no ser visto.
Una vez llegó a su puesto se secó las manos, sonrió nerviosamente y se acercó a su posición. Templó la voz, miró el reloj, dio un paso y entonó la frase que llevaba ensayando mucho tiempo “Pamplonesas, pamploneses, ¡Viva San Fermín! Iruindarrak, ¡Gora San Fermín!”
Encendió la mecha, oyó el característico silbido y sintió el estallido de júbilo de la muchedumbre. Anudó a su cuello el pañuelo que creía perdido y respiró. Lo había conseguido, ahora tocaba disfrutar de las fiestas. 


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IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

13 de octubre de 2017 por Certamen Microrrelatos San Fermín

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QUIERO VIVIR EN PAMPLONA.

María ángeles García Jimeno

Cuando Mikel y Ana regresaron por unos días a Pamplona con su hija Laura de ocho años por unos días, los postes para los encierros estaban ya preparados. Se quitaban tras el encierro, pero se volvían a poner por la mañana. Laurita no paraba de preguntar por todo. Sobre todo, porque todo el mundo tenía un pañuelo rojo en el cuello.
La calle Estafeta le recordó a Mikel cuando un poco mareado por toda una noche de empalmada cayó al recorrido y casi un toro le iba a dejar marcado. Por ese recuerdo la familia entró en la plaza de toros una mañana donde la entrada de mozos y morlacos, tanto bravos como mansos, alegraban la vista de las gradas llenas de gente mayor, turistas no tan atrevidos y unos ojos verdes de ocho años abiertos como platos y aplaudiendo sin parar.
A la salida fueron a encontrarse con los kilikis y los gigantes.
En los pocos días que tenían, además de visitar a la familia, comprarle globos con el rostro de dibujos animados y montarle en alguna atracción de feria, le llevaron a disfrutar de los fuegos artificiales que dejaban a la niña alucinada.
Laura dijo a su padre: “Quiero vivir en Pamplona”.
 

LA CUADRILLA DE SERAPIO

Jokin Berruete Cilveti

Seis de Julio de …Once y cuarto de la mañana. Aquí estoy con mi minicuadrilla zampando un relleno con sangrecilla que está para chuparse los dedos. Estamos en el interior de la caseta de piedra que hay enfrente del Caballo Blanco, donde los cordeleros antes guardaban los aperos y a cuyo tejado ha subido de chaval todo pamplonés-pamplonesa que se precie. Sólo nosotros tenemos la llave.
Estamos cuatro: Fernando, Carlos, Nica y servidor.
Fernando es un aventurero que vivió en África de joven. Cazaba serpientes y elefantes, y ahora vende bolígrafos y plumas. El puestico lo tiene en el Paseo Valencia. Le gusta que le llamen DONAN-PHER , que es Fernando al revés.
Carlos es PTV. Vive en la Taconera y desde su casa hay unas vistas impresionantes. Es un tipo raro que tiene dos únicos entretenimientos: quitar las gafas a la gente que le ciriquia y … Le llamamos CHARLY.
Nica es un virtuoso del tambor al que le tratamos de Don. Es espigado, cilíndrico, lleva siempre un gorro y le cuelga un cordel. La gente le conoce como DON NICANOR TOCANDO EL TAMBOR.
Y servidor es SERAPIO, el de la calle Calceteros.
Y sólo nosotros tenemos la llave.  

VACACIONES BLANCA Y ROJA

Alicia Esther Pérez Gómez

Yo tenía doce años; y era mi primer San Fermín…
Mi hermano pensó, que sería divertido, y nos fuimos a Pamplona.
Durante el primer día, me puse un vestido blanco y mi nuevo pañuelo rojo. Salimos a pasear; y debí atarme el pañuelo muy flojo o algo porque, cuando volvimos al hotel, no lo llevaba. Encima, era mi pañuelo favorito.
Bueno, me olvidé del pañuelo y me divertí en los siguientes días: las procesiones, los encierros los desfiles…
Me divertí; y ví tantos lugares, que casi me olvido de mi pañuelo…
El caso es, que como último día, nos fuimos a un corral a ver toros en libertad. Porque pese a haberlos visto en el encierro, no los pude admirar.
Lo que ví fue magnífico: uno toros bravos, corriendo en libertad, sin que nada les impida ser libres.
Allí, también montamos a caballo. Fue increíble: montar un precioso caballo español, con un pelaje dorado brillante, paseando junto a esas bravas y magníficas criaturas…
Lástima que fue el último día de aquellas vacaciones, porque si llego a saber que me iba a gustar tanto ese paseo, me hubiera quedado; no todas las vacaciones, pero sí toda mi vida… 


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IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

12 de octubre de 2017 por Certamen Microrrelatos San Fermín

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YA…

Sofía Rodríguez

En abril, cuando preparó con Garbiñe las vacaciones le pareció bien lo de ir a la Pineda en San Fermín, pero ahora…

(10:00 h) Bajo la sombrilla, Javier piensa en la cuadrilla “ya se habrán vestido”.

El día anterior, en el trastero, preparando el equipaje, tropezó con la ropa de Sanfermines y le pareció que una faja que escapaba de la bolsa le hacía la burla.

(10:30 h.) “Estarán almorzando en la peña”, imagina mientras traga saliva y entierra los pies en la arena.

(11:15 h.) “Entrarán ahora a la plaza del Ayuntamiento”, calcula Javier jugueteando con unas conchas.

(11:30 h.) Su suegra se sienta junto a él y sintoniza la retransmisión del chupinazo.

(11:45 h.) Javier ignora la voz del locutor y se centra en el rumor de fondo: siente cada grito, cada salto, cada abrazo y el barullo que crece como una ola hasta explotar …

(12:00 h.) ¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!

Garbiñe regresa del paseo con los niños. Mira la silla vacía de Javier y hace un gesto interrogativo a su madre.

– Se ha tenido que ir a Pamplona. Le han llamado de la fábrica. Algo importante e inaplazable. Que no te preocupes, que disfrutemos nosotros…
-Ya…

 

LO SABES

Jon Ander Crespo Ferrer

Despertar. Sonreír. ¿Se puede pedir más? Esta noche no he dormido y sin embargo… me siento eufórico. Como cada año, como cada julio, como cada seis. Llevo días preparando todo, quizás semanas. Y ahora, por fin, ha llegado el momento. Lo acaricio, siento el tacto añejo y colorado de quien me acompañará nueve días al cuello. Ya falta menos, ya casi está. Miro al cielo. Y entonces… ocurre. Unas palabras al aire preceden a la magia, una magia poderosa, envolvente, contagiosa, tan rápida que casi sin darme cuenta siento cómo el mundo me emborracha de su locura. No hay marcha atrás, ha comenzado, soy feliz. De repente, solo quiero que no termine nunca. 

EL ÚLTIMO QUE VUELE

Gabriel González Ortiz

El 1 de enero ingresó por trombosis, el 2 de febrero por virus, el 3 de marzo murió Sofía, el 4 de abril le detectaron el tumor, el 5 de mayo no pasó nada y el 6 de junio, por primera vez, olvidó el cumpleaños de su hija. San Fermín ya no era una fiesta, era un vecino inminente. El 7 de julio, temprano, tomó un taxi y lo mandó al Caballo Blanco. Recordaba bien dónde estaba la rendija. Arrastró hasta allí su andador e introdujo la mano: al fondo seguían el paquete de Coronas y la petaca de Cardhu; debajo, los pañuelos y la fotografía. Doce años llevaban esperando al último de la cuadrilla. Sacó los rojos de Eduardo, Francisco y Benancio, y los anudó a los azules de Patxi y Julio. Después extrajo un cohete de la chaqueta. Ató la hilera de pañuelos al palo y encendió un Coronas que fumó ensimismado. La foto en blanco y negro de los seis frente al Café Kutz le miraba con lástima. Suspiró. Brindó al cielo con whisky y prendió la mecha. La chispa subía cuando las dianas irrumpieron tras la esquina. “A la mierda…”, sonrió mientras apuntaba al jardín donde dormían unos jóvenes pelirrojos. 


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IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

11 de octubre de 2017 por Certamen Microrrelatos San Fermín

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SIEMPRE LA MISMA

Paula Giglio

No sólo París era una fiesta. Pamplona también lo era. Dos ciudades que me siguieron siempre. París, introvertida. Pamplona, exuberante.
Vi hombres corriendo entre fornidos toros, festejando. Se movían en cardumen, como peces. Al final, una canción. Siempre la misma.
La última vez que estuve entre la muchedumbre, no pude correr; me quedé muy quieto. Ahí estaba ella. La de pelo negro hasta los hombros, con su camisa blanca y su pañuelito rojo. Igual a todas. Diferente a todas. No pude seguir a los demás. No pude seguir de fiesta. Ella no me miraba. Estaba con sus amigas y escuché su voz. Una voz conocida. Cerré los ojos y en medio del bullicio, recordé. Allá, en la estación, salía el tren. Ella decía algo en francés que yo no terminaba de entender. Nunca había entendido una frase completa de todo lo que me decía, aunque podía reconocer las palabras más importantes. Tal vez por eso, ella me saludaba desde el andén con sus guantes blancos, y en sus labios se leía: au revoir. Nunca más la volví a ver. Cuando abrí los ojos, la muchacha de pelo negro ya no estaba. Miles de mujeres, vestidas como ella, se movían a mi alrededor.
 

ESOS OJOS

José Otondo

Me pongo los pantalones blancos, la camisa, las zapatillas. Apresuradamente termino
y salgo a la calle. Ya vienen los toros. Me meto entre la gente y corro.
De pronto siento retumbar más fuerte y miro para atrás. Y ahí lo veo. En un segundo
sus dos grandes ojos me observan. Su mirada es profunda. Sus ojos están llenos de
comprensión, Y me dicen: “Hazte a un lado. Es mi camino. Déjame pasar por favor”.
No siento el golpe. Pero recuerdo ir volando por el aire y caer al suelo.
Estoy en el hospital. Ya no se oye el estrépito de la mañana. Pero sí veo esos
ojos profundamente humanos que me pedían que me moviera de ahí.
¿Dónde estás ahora? ¿Estarás acordándote de ese momento como yo me acuerdo? 

SANTAURO

Ivo Basterrechea Sosa

Era la primera vez que participaba en el encierro de los Sanfermines. Allí estaba rodeada de hombres. Al liberar la manada de toros por supuesto que corrí delante de ellos a través del recorrido urbano. Había avanzado más de cinco cuadras, cuando un grupo de corredores inexpertos, resbaló y me arrastró, cayendo sobre los adoquines. La manada nos pasó por encima. Al tratar de incorporarme, uno de los toros que había corneado a varios participantes, se dirigió a mi y me acorraló en el vallado. Algunos jóvenes se lanzaron para distraerle, pero el animal no hacía caso. Estaba a corta distancia, mirándome. Mi ropa blanca y la cinta roja en la cintura, se reflejaba en sus ojos. La pata delantera raspó la piedra. El público hizo silencio esperando la embestida. Los adoquines se abrieron en laberinto. Me sentí como una de las doncellas sacrificadas delante de la bestia transformada en hombre musculoso con cabeza de toro. El miedo me segaba. Mi vida colgaba de un hilo y no precisamente del hilo de Ariadna. Cerré los ojos, todo pasó en un instante. La multitud enardecida vitoreaba. Al abrirlos, delante de mi estaba el toro y la cabeza decapitada de un santo. 


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IX Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín

10 de octubre de 2017 por Certamen Microrrelatos San Fermín

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BENDITA LOCURA

Sergio De La Marta Cienfuegos

En su día a día era un tipo tranquilo, de los que se pasan la vida mirándola desde un rincón, pero cuando se abrió la puerta sintió cómo los nervios, que le habían recorrido el cuerpo durante toda la noche, se le abrazaron al corazón que en ese instante empezó a bombear como si no hubiera un mañana. Echó a correr y notó que sus piernas iban más rápido que su propia mente. Tenía a los seis detrás de él, notaba su respiración a apenas unos centímetros y cuanto más cerca estaban las voces de su cabeza la repetían con más insistencia: “Más rápido, más rápido, ahora no puedes parar”. Braceaba en cada curva con unas manos que eran remos apartando el aire que le rodeaba. Notó el tirón de la camisa, pero logró zafarse de la embestida. Ya tenía frente a él la luz cegadora al final del recorrido. Mientras, el resto de compañeros, desde los ventanales del Sanatorio, lo vieron llegar al jardín con los brazos en alto y aplaudieron orgullosos la hazaña que su amigo repetía cada 7 de julio. Bendita locura. 

VUELVE POR SANFERMÍN

Nerea Eneriz Sánchez

Estoy en el avión. ¡Qué despegue ya! Hace tres meses que compré el billete y se me está haciendo eterno. Me he vestido de blanco y rojo para no perder ni un minuto. Llegaré a Pamplona a las 10 y directo al almuerzo. Veré a mis amigos y a mi familia. Comeré magras con tomate. Hablaré en mil idiomas y bailaré al son del txistu en la plaza del Castillo. Seguro que me emociono viendo el encierro y a jóvenes y mayores, extranjeros o locales, unidos en estas fiestas.
Mis compañeros de trabajo y los guiris con los que vivo no lo entienden. Se me hace imposible describir lo que siento en Sanfermines. A pesar de la tabarra que les he dado con vídeos, imágenes y mini-celebraciones en cada peldaño de la “escalera”, no lo comprenden.
Ay, se me partirá el corazón en el pobre de mí. Dejar el pañuelo que me ha acompañado al cuello durante 204 horas y que vuelva el tiempo de descuento a empezar hasta 2018.
Ellos no lo cogen, pero cuando les dije a los de mi cuadrilla que igual no podía ir, todos me cantaron aquello de: ¡Vuelve, a casa vuelve… por Sanfermín! 

EL ÚLTIMO SAN FERMÍN

Gonzalo Olías Gómez-millán

Asier, bajó temprano por el diario y el correo. Ojeaba el titular cuando se percató de su presencia, entre la publicidad y las facturas. Sentado en la cocina, abrió la esperada carta y leyó sin inmutarse. Pasados unos minutos, la colocó con cuidado sobre el periódico y lo enrolló meticulosamente. Se levantó sin hacer ruido, entró en su habitación y las miró con los ojos vidriosos durante un instante. Las besó tierna y prolongadamente y, cuando aún quedaban quince minutos para las ocho, salió de casa y comenzó a bajar Santo Domingo…

Merino está desconcertado. Hace días que nada es como siempre. Muchos han venido a verle desde que llegó, pero ninguna cara, ninguna voz, ningún sonido le resultan conocidos.

Esta noche ha soñado con su hermosa Andalucía, con luminosos amaneceres y agradables paseos al frescor de la tarde, entre árboles que susurran al viento de poniente.

Unos cánticos despiertan a Merino de su ensoñación y lo devuelven a su desconcertante realidad. Sus compañeros de cautiverio parecen aún más nerviosos que él, de alguna manera saben que algo está a punto de suceder.

Hay un súbito estruendo allá arriba; se abre la puerta y Merino sale, junto a los demás, corriendo Santo Domingo arriba… 


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